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CUENTOS MÍOS

 

LOS SUEÑOS DEL DESEO

1.- EL BAÑO
2.- EL TREN DE LOS RECUERDOS
3.- EL TALISMÁN
4.- AQUELLAS TARDES DE CINE
5.- !Y NO ESTAR LOCO¡
6.- EL CONFESIONARIO

 

L BAÑO

  Todo era como un sueño, tan bonito como un sueño, tan real como un sueño. Elena se bañaba cada sábado por la tarde, y yo, puntual como el más preciso de los relojes de cuarzo, a pesar de que en aquellos años no estaban todavía inventados, aparecía por su casa cada sábado a las seis de la tarde. Su madre me decía:
-Pasa, pasa a la cocina, que estoy bañando a Elena y luego podréis ir a jugar.
Pasaba, y allí estaba Elena desnuda en el balde de zinc, y como cada sábado yo sentía como la sangre me bullía dentro del cuerpo. El cuerpo desnudo de Elena era sin duda, por aquella época, el motivo principal de mi vida, incluso algunas mañanas me despertaba pensando en que era sábado y que por la tarde por fin vería aquel cuerpo desnudo. Su madre no sospechaba nada, a fin de cuentas éramos solo unos niños, yo tenía ocho años, Elena siete. Tenía la vaga sensación de que algún día se terminaría aquel sueño y ello me hacia saborear mas aquellas tardes de los sábados, aquellas acaloradas tardes de los sábados.
Y fue precisamente un sábado tarde, después de la sesión de baño, que tuvimos nuestra primera experiencia fuera de los ojos de su madre, fuera de los ojos de todos. Estábamos jugando al escondite, paraba Andrés, fui, como tantas otras veces, a esconderme cerca, lo mas cerca posible de Elena, que en esta ocasión se escondió dentro de una pila de madera que en forma de caseta había en los patios de detrás de nuestras casas; mas tarde me entere que esas casetas no estaban hechas así para que nosotros jugáramos, sino que era para que el viento, el seco viento que venia de Urbión, las secara. Pues bien, allí me situé yo también, al lado de Elena, al lado de su largo pelo que olía a limpio. No sé ni como fue ni quien empezó, solo se que de repente estábamos los dos unidos, con las manos enlazadas, con las caras juntas; solo se que me sentí mejor que nunca, no hablamos nada, éramos niños, no necesitábamos hablar. No éramos todavía como los adultos que necesitaban horas y horas de hablar antes de abrazarse; esto lo sabia por las largas horas pasadas detrás de los bancos donde se sentaban las parejas, interminables tardes que tenían el aliciente de saber que tras la espera, al fin llegaría el beso, ese beso que yo presentía que tenía que ser algo anormal, pues notaba como los adultos se transformaban tras él.
¿Cuanto duró nuestro abrazo? No lo sé, solo sé que estábamos con nuestros cuerpos unidos cuando empezamos a oír gritos del resto de compañeros que nos decían:
-¡¡Álvaro, Elena, donde estáis!!.
Sospechábamos que había pasado mucho tiempo porque por sus voces demostraban estar enfadados, pero ¿que nos importaba a nosotros?, todavía seguimos algún rato más, ellos se cansaron de buscarnos y empezaron a jugar sin nosotros.
Justo en el momento en que empecé a acariciar sus labios con los míos sentimos unas voces mas graves, eran de adultos, eran nuestras madres que nos buscaban. Se nos acabó el romance, nos asustamos, salimos separados, sin planearlo, quizás para despistar, pero dio igual, nuestras madres o no entendieron nada o lo entendieron a su manera.
El sábado siguiente lo intenté de nuevo, fui a su casa, nervioso aporreé el picaporte, salió su madre, y me dijo:
-Pasa, pasa al comedor y lee algún cuento mientras termino de bañar a Elena.
Su madre unilateralmente había decidido que ya no éramos niños. Las reglas de los adultos para nosotros eran inexplicables e inviolables.
No obstante mis recuerdos, nuestros recuerdos, no podrán alterarlos, Elena y yo habíamos saboreado el Amor.  

 

 

l tren de los recuerdos

 

Un buen día, con mis quince años cumplidos, pude por fin aumentar mis kilómetros de aventura en tren. Dos amigos y yo habíamos quedado finalistas provinciales del campeonato de ajedrez, y nos íbamos para Madrid, a jugarnos el título regional.
Nuevamente hice mi maleta de cartón y nuevamente aquella entrañable cuerda tuvo que hacer de improvisado cierre. Con mis amigos y mis cosas montamos en una humeante maquina que nos llevaría lejos, muy lejos para mí, a Madrid.
En nuestro departamento iban una joven, su madre y dos viajantes catalanes que, con su catálogo de tejidos y estampados, visitaban todas las provincias de España, ¡ellos si que conocían el tren!. Nos explicaron interesantes vivencias fruto de sus viajes por España; pienso yo que aquel día comencé a sentir la necesidad de salir de mi pueblo, apreciado pueblo, pero, a veces, agobiante pueblo.
Y los pinos iban pasando con el paisaje, difícil me seria concretar si era yo o ellos los que pasaban, igualmente me es difícil recordar si fue en Quintana Redonda o en Tardelcuende donde la joven y yo nos miramos, el sitio es igual pues la miraba estaba ahí, y era una mirada atrayente, mirada de las que expresan un montón de sensaciones, un montón de palabras. Pensé en Becquer, en su rima tantas veces por mi leída y recordada:

Sabe, si alguna vez en tus labios rojos
quema invisible atmósfera abrasada,
que el alma que hablar puede con los ojos
también puede besar con la mirada.

En Almazán, por fin, me enteré de su nombre, su madre tuvo que llamarla dos veces, ¡Raquel!, ¡Raquel!, para que la oyera, pues nuestras miradas nos estaban transportando a otro lugar, lejos de su madre, lejos de todos, a bordo del tren que nos llevaba a nosotros dos solos al fin del mundo, al menos eso era lo que yo sentía, y su conmovedora mirada me indicaba que mi ilusión era compartida.
Un oportuno cambio en el departamento nos permitió sentarnos juntos. El lento traqueteo del tren permitía que nuestros cuerpos se rozaran suavemente, agradecí a las vías, al tren, al maquinista, ese suave vaivén que me permitía sentirla tan cerca de mí. El tren seguía avanzando y llegamos a Torralba, una parada de media hora nos permitió andar un rato por el andén. Hacia un alegre sol de primavera, de esa primavera de la meseta, de ese sol que ilumina, calienta y endereza el espíritu.
Bajo la vigilante mirada de su madre, Raquel y yo hablábamos y reíamos, nuestra dicha iba en aumento.
Cuando salimos de Torralba, Raquel y yo volvíamos a estar juntos y además algo mas alejados de su madre. Entramos en un túnel y, milagro de la técnica primitiva, la luz se apagó, la oscuridad fue como un fogonazo en mi corazón, moví lentamente mi mano en busca de la suya y la encontré, pues ambas se iban buscando.
No recuerdo lo que pasó, solo sé que a través de nuestras manos, de nuestros labios, hubo un flujo de emociones imposible de narrar, mi corazón palpitaba y yo notaba el latir de su corazón, mi cerebro no pensaba solo sentía, y supe que el de Raquel también.
La luz no se arregló, pero a nuestro pesar el túnel tenía un fin, y llegó trayendo el primer claror; tuvimos que separarnos, pero solo físicamente, pues, a partir de entonces, seguimos unidos hasta Madrid.
Tras muchas horas si para contarlas usamos el reloj, y muy pocos minutos si tenemos en cuenta mis deseos, llegamos a Atocha, nos separamos en el andén sabiendo que al día siguiente, casualmente, los dos volvíamos en el mismo tren hacia Soria.
Mi estancia en Madrid, no fue sino un lento transcurrir entre dos trenes, el que me había traído y el que anhelaba coger al día siguiente para volverla a ver.
Llego el día siguiente, y volvimos a estar juntos, y aumentaron las miradas vigilantes, pues mis dos amigos también seguían nuestras emociones.
El tren seguía avanzando y en mi cabeza solo había un pensamiento, ¿volvería a fallar la luz?. Seguro que la técnica estaría nuevamente de nuestra parte, al lado de la felicidad. Solo faltaba esperar....        

 

 

l talismán

 

Recuerdo que la primera vez que oí la leyenda El Monte de las Ánimas, sentí una extraña y placentera mezcla de sensaciones; magia, misterio y sensualidad quedaron unidos en mi memoria para siempre. Dos años después con mis dieciséis años cumplidos, volví a escucharla en condiciones muy distintas, en circunstancias que hoy intentaré recuperar de mi memoria.
Justo el mismo día en que cumplí los dieciséis años decidí que tenía que superar la prueba; muchos otros chicos, con razón o sin razón pasaban de ella; yo sabía que tenía que superarla. Así fue como los cuatro meses que separaban mi cumpleaños de la noche del primero de noviembre, día de los difuntos, me fui preparando mentalmente para ella.
Lo primero, y sin duda lo mas importante, era conseguir un talismán de la chica amada; cualquier prenda, cualquier objeto podía servir, lo único trascendental es que ese objeto hubiera sido tocado, hubiera estado en contacto con ella, con su piel, con su cuerpo. Empecé el plan de ataque, no era fácil, pues en aquella época los chicos y las chicas estábamos separados en dos clases, en dos patios de recreo, vernos en el instituto era una gran aventura, !que control, y únicamente para conseguir nuestra separación¡. Esperé la oportunidad, esta apareció el día del examen de matemáticas; nosotros los chicos lo teníamos antes que ellas, y estas en los cinco minutos de separación entre clase y clase acudieron a aquella valla que tantas veces había sido testigo de nuestra necesidad de vernos. Yo me dirigí directamente a Rosaura, mi amada en secreto, la escogida meses a para ser la musa de mi aventura; me ofrecí a transcribirla en una cuartilla de papel el examen, la pedí un lápiz, le devolví su hoja con las preguntas, pero no el lápiz, que me había guardado sigilosamente mientras le explicaba la resolución de unas preguntas. En aquel momento fui feliz, tenía en mi poder su lápiz, su objeto, que iba a transformarse en mi talismán, solo quedaba esperar al primero de noviembre, día de la gran prueba.
Creo que hora es ya de que hable de la prueba, de que explique en que consiste la misma y sus entresijos. En Soria, mi pueblo, había la costumbre entre los jóvenes de 16 años de pasar la noche de los difuntos en El Monte de las Ánimas, espeso encinar que se alza a la orilla del Duero, esa noche había que pasarla al raso junto al objeto de la chica amada, para así transformarlo en el talismán que posteriormente nos concedería su amor, su dulzura, su cariño.
Ya tenía mi talismán, solo faltaba esperar que pasaran los días, los meses,... Al final llego el 31 de octubre y comenzó el ceremonial. Éramos l5 los chicos que iríamos al Monte de las Ánimas a intentar superar la prueba, cada uno estaba apadrinado por un amigo que ya la hubiera superado en años anteriores; a mi me acompañaba El Verbenas, justo un años mayor que yo. Ese día fue realmente duro, los nervios estuvieran a punto de delatarme ante mis padres y ante mi
chica, que, y como es obvio para que el hechizo funcionara, no tenía que sospechar nada. Después de cenar lo mas tranquilo que pude, me fui a la cama, en aquella época no había televisión, eso hacia que a las once de la noche ya todos estuviéramos en el catre. Aquella noche me metí vestido entre las sábanas, y espere la hora en que había quedado con mi amigo; las once y media tardaron en llegar pero al fin las oí sonar desde el campanario. Me levante, y salí sigilosamente por la ventana que daba al patio de atrás, me encontré con El Verbenas y los dos nos fuimos por calles oscuras al lugar de la cita general, con los otros chicos. Habíamos quedado pasado el puente sobre el río Duero, a la sombra de los Arcos de San Juan de Duero, precisamente donde habían residido los templários, de los que, según la leyenda, escucharíamos sus gritos esa noche. Dieron las doce y faltaba un compañero para llegar a la cita, la contraseña era clara, el que no estuviera a las doce en punto no podría ir, así que cogimos el camino y nos fuimos para el Monte de las Animas.
Al llegar comenzó el rito, del que nosotros, los nuevos, algo habíamos oído decir, pero que no conocíamos en profundidad, pues, como todos los ritos, este tenía su componente secreto, y misterioso,que le daba mas valor. Uno de nuestros padrinos, tomo la palabra, y comenzó a explicarnos la leyenda de El Monte de las Animas. A pesar de que la había oído un buen montón de veces, a pesar de que la había leído otras tantas, aquella fue sin duda totalmente distinta, era como si no la hubiera oído antes, la excitación del momento lo justificaba; era la noche de difuntos, precisamente la misma que la leyenda narra que salen los espectros de los templários y de los sorianos que murieron en la contienda, a recomenzar la batalla. Estábamos precisamente en el lugar donde la batalla había acontecido, era noche cerrada, las encinas nos acariciaban con sus negras ramas, hacía viento, los sonidos eran variados e intensos,... el ambiente era el adecuado para escuchar de una forma especial aquella leyenda que tantas otras veces me había impresionado.
Aun recuerdo la sensación de miedo que sentí cuando Alberto nos contó el final, aquel final en el que, ante una frívola Beatriz, aparece la mano cortada de Alonso con el pañuelo, con su pañuelo. Beatriz se vuelve loca. Nosotros andábamos por el filo de la navaja.
Cuando el narrador enmudeció, cada uno de nuestros padrinos nos llevó a un lugar aislado del resto, mientras nos ponía al corriente de que se trataba de permanecer toda la noche sin moverse en el sitio indicado, y que cuando el crepúsculo matutino permitiera ver nos reuniéramos y volviéramos todos juntos al puente donde ellos nos esperarían para confirmar definitivamente la superación de la prueba.
Así fue como, al final, me quedé solo, debajo de una encina, con mi talismán en la mano, el libro de Becquer en mi bolsillo, y el recuerdo nítido en mi mente de los acontecimientos de aquella lejana noche de difuntos en la que templários y sorianos habían andando a la greña y muchos de ellos habían caído en la lucha; también quedaba un hueco en mi mente para esa otra noche, mas cercana, en la que Alonso había perdido la vida por su amor a Beatriz, por su intento de recuperar la prenda que su amada, maliciosamente, había dejado prendida en el ramaje de una encina milenaria.
Difícil es medir el tiempo, difícil es saber como transcurrieron los minutos, las horas de aquella larga noche, no obstante voy a intentar cuantificarlo, no en horas, pues seria falso, pero si en ratos, ratos que para mi tenían una duración determinada, dependiendo de los acontecimientos, de los ruidos, de los olores, de lo cerca que tuviera el recuerdo de Rosaura, de mi amada. Al principio todo fue fácil, el simple contacto con el lápiz, su lápiz, mi talismán, era suficiente para olvidarme de los ruidos, del frió, de lo que me esperaba; Becquer también estaba ahí para ayudarme, sus rimas, me hacían olvidar el entorno.
Pero la noche iba pasando, los ruidos iban aumentando, o al menos así lo sentía yo, la razón que en un principio analizaba todo: ese ruido es el aire, ese crujir es de una rama, ... empezó a fallar: ese ruido no parece del aire, ese crujir mas bien es metálico, y, que yo sepa, las encinas no son de metal, por el contrario las espadas si que lo son... El miedo me iba venciendo.
De repente un chillido desgarrador llenó el bosque, la razón no podía convertirlo en viento, el viento no podía haber sido, con la sangre helada, la razón me volvió ayudar, no eran necesarios los templários para justificar aquel ruido, podía haber sido cualquiera de mis compañeros de aventura que no había aguantado mas y había chillado, ¡seguro que había sido eso!, esta creencia me reconfortó.
Pasado el rato me entró soñoléncia, traspuse sensiblemente la frontera entre la vigilia y el dormir, y en ese estado en que las sensaciones se multiplicaban, un nuevo ruido me asustó, en mi sopor vi como un templário se me acercaba espada en mano con el intento de arrebatarme mi amuleto; pegué un grito soberano, grito que alivió mi tensión, pero que, a buen seguro, a alguno de mis compañeros les puso en tensión.
El crepúsculo no llegaba, así que decidí adelantarlo por mi cuenta, pensé que la prueba ya estaba superada con creces y decidí comenzar a buscar a los compañeros. Comencé a andar por el bosque, intentando divisar a alguno de ellos. Parece ser que Roberto había tenido la misma idea que yo, y los dos andábamos por el bosque buscando, y nos encontramos de repente en una sombra, cada uno pensó lo peor, cada uno nos convertimos en templários a los ojos del otro; tras el susto u el posterior reconocimiento nuestra emoción fue excelsa, nos abrazamos como nunca lo habíamos hecho, estábamos contentos de estar juntos. Entre los dos no tardamos en encontrar al resto que ya también nos andaban buscando, pero faltaba uno, faltaba Godolfredo, así que decidimos buscarlo entre todos, Gritamos su nombre, buscamos, pero Godolfredo no aparecía. Finalmente lo encontramos en el suelo tendido, no se movía, nos asustamos, le zarandeamos y nada, ni se movía, aquello comenzaba a preocuparnos seriamente. Al fin Godolfredo semiabrió sus ojos y nos pregunto:
-¿Que os pasa?. Os veo asustados.
No tuvo que darnos ninguna explicación, todos comprendimos que Godolfredo había pasado toda la noche durmiendo, y no entendía como es que nosotros habíamos hecho otra cosa.
La vuelta a Soria fue eufórica, la entrada en el colegio esa misma mañana triunfal. El antes y el después lo sentía en lo mas profundo de mi ser. Es "después" tuve la posibilidad de consolidarlo definitivamente justo al mes siguiente. Roberto había preparado un guateque, Rosaura estaba invitada, mi timidez se vio superada gracias al talismán que ya tenía, y por si este fallaba, por unos cuantos vasitos de cariñena que me había atizado en El Rangil, ¿que podía fallar?, nada, evidentemente. La unión de estos dos hechizos, me permitió sacar fuerzas para decir a Rosaura, mientras bailaba, que la quería, que siempre la había querido, que fue mi musa en la noche de las Animas, me abrazó tiernamente y así estuvimos todo el guateque; no recuerdo las canciones, no recuerdo ni tan siquiera si había música, solo se que abrazado a Rosaura estuvimos bailando toda la noche, con los cuerpos unidos, con las caras unidas, y con nuestros labios unidos. Anduvimos cerca del cielo.         

 

 
quellas tardes de cine
 

  La vi por primera vez delante de la cartelera del cine Avenida, observé que miraba con emoción, así que cuando se alejó fui a ver cual era la causa de su estado. Enseguida lo supe, Paul Newman estaba en todos los carteles mirando con su ambigua indiferencia, la que, por lo visto, le hacia tan deseado por las chicas de mi pueblo. Pero esta no era de mi pueblo, no la había visto nunca hasta ese día, y eso era imposible si hubiera vivido en Soria. ¿Quien sería?. Tenía que averiguarlo, pero mientras tanto me propuse un plan para poder hablar con ella el próximo día que la viera. No recuerdo con exactitud si yo por aquella época había escuchado ya ese aforismo que dice: "Si no puedes contra tu enemigo, alíate con él", pero eso fue precisamente lo que yo planeé, aliarme con Paul Newman. Por la noche, en la ultima sesión, cuando ya hubiera entrado todo el mundo, aprovecharía esos minutos en los que la cajera recogía sus pertenencias, para yo coger alguno de aquellos carteles de Paul Newman. No fue fácil, los nervios me dispararon el corazón y empecé a sospechar que mis latidos serían oídos hasta por los acomodadores, cogí uno, estiré y salí corriendo sin tan siquiera mirar hacia atrás, me lo metí en el pecho, poco a poco me calme, y ya en casa saboreé mi victoria.
La semana siguiente indague sobre el pasado de Blanca, que así se llamaba, y supe que era de Santa María de Huerta, que su padre era un Guardia Civil que había sido trasladado a Soria y que tenía 16 años. De todo lo demás me fui enterando yo poco a poco, pues justo una semana después de verla la conocí; mi carta de presentación fue el cartel de Paul, ¿que me podía fallar?. Con él me dirigí a ella un día en que la vi pasear sola delante del Museo, mi corazón andaba mas disparado que el día del cartel, pero tenía que hacerlo y lo hice:
-Tengo un regalo para ti que se que te va a gustar. Toma.
Lo cogió un poco extrañada, observé como su cara se emocionaba tiernamente, pensé que sin duda parte de esa emoción era por Paul, pero parte también era por mi gesto, por mi atrevimiento.
Desde ese día comenzamos a ser amigos, y a saber más de nuestras vidas, así fue como me enteré que allá por Santa María de Huerta iba a un colegio de monjas y que, un buen día, tras una confesión de pensamientos impuros, el cura la castigó, para conseguir su purificación, a rezar 100 Aves Marías arrodillada sobre unas cáscaras de nuez; cuando iba por la 50 una de las cáscaras se rompió y los restos se le incrustaron en las rodillas, ya en el dispensario y con un intenso dolor, comenzó a pensar que como era posible que sus simples pensamientos abrazando a un chico, pudieran tener semejante castigo; comenzó a perder la Fe, para comenzar a tener fe, fe con minúscula, en la vida, en la amistad.
Una tarde de invierno decidimos ir al cine, escogimos una buena película entre las tres salas que había en nuestra ciudad, Bogart y Bacall, eran los protagonistas. Nos sentamos, vimos el Nodo, yo había apostado un paquete de pipas que saldría Franco inaugurando un pantano y lo gané, el descanso, y por fin empezó la película. A la primera mirada de Bacall, me cogió la mano tiernamente, al primer beso de los protagonistas, estrechamos nuestras manos con emoción, poco a poco vimos como lo que acontecía en pantalla no nos importaba demasiado, que lo importante era estar juntos, el uno con el otro, y que esa oscuridad de la sala de cine nos lo permitía, era en el único sitio donde podíamos hacerlo. A partir de entonces íbamos al cine con la asiduidad que nuestra penuria económica nos permitía, íbamos a estar juntos, ya ni tan siquiera escogíamos las películas, ¡que mas nos daba!, elegíamos la sala mas barata, la sala mas oscura, la sala en que había mas posibilidades que sus padres nos estuvieran, pues a veces el espectro de su padre, de su tricornio alteraba nuestra paz.
En aquella época agradecíamos que la proyección de las películas exigiera oscuridad, esa maravillosa oscuridad que tanto deseábamos para estar juntos. A buen seguro que los curas de aquella época, que todo lo querían controlar, mas de una vez habrían pensando en proyectar las películas con luz, pero por fortuna eso era técnicamente imposible, esa era nuestra suerte.
Un día estábamos en aquella sala entrañable del cine Ideal, en la última fila, para estar mas solos, con nuestras manos unidas como tantas otras veces, con algunos besos furtivos como tantas otras veces, cuando a Blanca creo yo que le estallo en las venas la bomba retardada de la represión de los tricornios y de las cofias, me soltó la mano, y comenzó a acariciarme el pantalón y subió y me desabrochó los botones, yo estaba excitadísimo, no hacia nada, simplemente gozar, me metió la mano y me acaricio dulcemente. Durante varios segundos estuve sin mover mas que mi corazón, al fin deseé tocar su ser, sentir su calor, así fue como puse mi mano en sus rodillas, y fui ascendiendo poco a poco, al fin encontré su  ser, todo para mi, caliente, húmedo y tierno, poco a poco nos masturbamos el uno al otro, poco a poco fuimos alcanzando el cielo. Caímos de nuestra nube con el Fin, con las luces, pero aquello nos unió para siempre, aun hoy al recordar, todavía en mi memoria anda fresco el recuerdo de su sexo húmedo, caliente y tierno que aquel lejano día me ofreció.

 


 

¡ no estar loco!
 

 

Poco a poco la presión social de mi pueblo, supongo yo que idéntica a la de cualquier agrupamiento de pocos habitantes, fue predisponiéndome a la emigración. Deseaba salir, irme a un sitio nuevo, donde nadie me conociera, donde, creía yo, sería mas libre. Pensaba que así dejaría de ser Alvaro, hijo de..., que aquel día hizo tal....., que va con tal y tal....., para empezar a ser yo, simplemente yo, y lo que a partir de aquel momento hiciera.
Oposité, aprobé y pedí traslado a un pueblo de la Catalunya interior; la suerte estaba echada. Nuevamente tuve que hacer mi maleta, recuperar mi cuerda, pero en aquella ocasión mi madre debió de pensar que las circunstancias exigían un cambio y me hizo una funda de tela, magnifica funda de tela, que la dio un nuevo realce, una nueva categoría. Fue mi madre también la que me metió en la maleta una buena ristra de chorizos, digo yo que como exorcismo para alejar de mi los espíritus famélicos que pudieran atacarme.
Y así con mi maleta y mis chorizos monte en el tren, ese maravilloso tren que siempre me ha acompañado en mis viajes. Primero fue un tren que me llevó a Calatayud, allí un traslado a un soberbio tren que venía con dos magníficas máquinas de vapor, ¡que bonito fue ver entrar en la estación aquellas dos máquinas!. Muchas horas, si las comparamos con ahora, y muy pocas si las comparamos con un viaje en caballerías, y llegué a Barcelona, estación de Francia. Nuevo cambio de tren, en esta ocasión seria eléctrico el que me llevaría finalmente a mi nuevo pueblo, pueblo de menos habitantes que Soria, que me hizo rectificar mi primera impresión. No era el numero de habitantes lo que te oprime el espíritu, es la historia, el pasado lo que no puedes quitarte de encima en el pueblo donde has nacido, yo en aquel pueblo de Catalunya, me sentí libre.
Comencé una nueva vida, nuevas costumbres, nuevos compañeros, nuevos amigos, nuevas comidas; comencé a observar y vi el empeño que ponemos las gentes en remarcar los hechos diferenciales de nuestras culturas, para así distanciarnos del otro, del contrario. También observe que en el fondo, en los sentimientos, todos éramos iguales; el amor, las emociones, no tenían elemento diferenciador, eran los mismos, a pesar del empeño que algunos pusieran en diferenciarlos.
Casi a la vez conocí a Neus y a María. A Neus me uní a través de este bolero:

           Anoche hablé con la luna, y le ofrecí mis sueños
              los sueños que guardaba dentro de mi alma...

A María fue a través de mi compañero infatigable de viajes, a Becquer:

 Mientras haya unos ojos que reflejen los ojos que los miran
 mientras responda el labio suspirando al labio que suspira:
 mientras sentirse puedan en un beso                                  dos almas confundidas
      mientras exista una mujer hermosa
   habrá poesía!

Y me enamoré de las dos, a las dos las necesitaba. Neus era racional, María mágica. Cuando estaba con Neus quería a Neus, deseaba estar con Neus, cuando estaba con María quería a María, y deseaba estar con María. De momento todo fue bien, ninguna ponía condiciones, y yo ni tan siquiera pensaba en que aquello, por lo visto, era anormal, me limitaba a vivirlo y punto. Pero un buen día el punto se transformó en punto y coma. La coma la situó Neus, la racional, que me puso ante el dilema de elegir, escoger a la una para quedarme sin la otra, !buff¡, enseguida supe que eso seria imposible, era tanto como decir que quería a la una mas que a la otra. El simple hecho de tener que comparar se me hacía insoportable.
Recuerdo que estábamos en una suave loma cerca del pueblo desde el que se divisaba una fantástica vista de los Pirineos, Puigmal, Núria, Pic de l'Infern, Puigllansada, etc. etc., se estaba haciendo de noche, yo cada vez la veía mas guapa, a pesar de su enfado, a pesar de su empeño en que me definiera.

Muy seria me preguntó:
-¿A quien quieres?.
Yo no la mentí y la dije:
-A ti.
Y continuo preguntando:
-¿Con quien deseas estar?.
No mentí al decirle:
-Contigo nada más.
Y era verdad que en aquel momento solo quería estar con ella, la deseaba a ella, y hubiera dado cualquier cosa por abrazarla, y sentirla cerca de mi, pues yo cada vez la deseaba mas.
Ella debió creer que mis contestaciones eran una señal de mi toma de posición, se puso de pies enfrente mío, con el fondo de las montañas, y comenzó a desnudarse. Yo sabia que había interpretado mal mis palabras y en un primer instante quise sacarla de su engaño, pero en ese mismo momento aparecieron sus senos tersos, bonitos, excitantes, parecía que me miraban, y no fui capaz; a fin de cuentas yo no había mentido, mis contestaciones eran rigurosamente ciertas, quizás escasas, pero ciertas, y aquellas tetas seguían mirándome y yo no podía más, salí de mi autismo, levanté las manos y le acaricié los pezones, en ese mismo momento ya no había vuelta atrás, mi cerebro estaba totalmente desconectado para los razonamientos, solamente podía absorber los sentimientos, sentimientos que aquella tarde, calurosa tarde de agosto, en la loma, con las grandes montañas al fondo, guardan el recuerdo de mi primer amor absoluto con Neus, de nuestra primera entrega total. Anduvimos unidos horas, no sé cuantas, ni me importa, estuvimos unidos y eso era lo importante, no queríamos separarnos, pero la primera claridad del día nos volvió al mundo real, al mundo en el que ambos teníamos que comenzar a trabajar. Con pena nos despedimos, yo me fui a mi casa, me mojé la cara, y tras escasos minutos de descanso hube de acudir al trabajo, al absurdo trabajo que la realidad me imponía.
Poco a poco fui despertando de los recuerdos de aquella noche. Llegó la tarde, y vi a María, estaba guapísima. Estuvimos juntos, sentía que la quería, que me gustaba estar con ella; una amiga de Neus nos vio abrazados, yo sentí un mal presagio. María nunca nombraba a Neus, nunca decía nada, nunca me exigía nada. Quería estar conmigo y cuando estábamos juntos, disfrutábamos y punto.
El presagio se confirmó el sábado siguiente. Vi a Neus, me acerqué, aunque en su mirada noté odio y rabia. No me saludo, simplemente me dijo:
-No quiero verte nunca más.
Entendí que no había nada que hacer y con gran pena la dejé.
Todavía hoy, al pensar en mi relación de Neus y María en aquella época, sigo pensando que las quería a las dos, que las necesitaba a las dos. Aquella noche de despedida con Neus, anda nítida en mi corazón.

 

 

L CONFESIONARIO

 

Un nuevo traslado me llevó a una ciudad dormitorio en las rodalías de Barcelona. Mi maleta de cartón ya no me acompañó. Pensando y pensando no logro recordar cual fue su último viaje, sí recuerdo el motivo por el que no me acompañó: un agujero, pequeño al principio, muy grande al final, hizo que tuviera que estar en aquel su ultimo viaje luchando sin parar con un calcetín rojo que se empeñaba tozudamente en salir, parecía que quería independizarse de mis pies, que deseara tomar otros rumbos; yo quería mucho a aquel calcetín, así que tuve que decidir, y decidí abandonar mi maleta. No sabia como desprenderme de ella, me daba pena. Al final opte por la incineración, tras el ritual, esparcí sus cenizas en el aire.

Llegué a mi nueva ciudad dormitorio el año en que murió el dictador Franco y comenzó la transición; transición que después supimos que no fue mas que un lento transcurrir entre dos regímenes, pero en el interregno fuimos libres, al menos nos sentimos libres, muchas veces sentirse es lo mismo que ser, y esta vez lo fue. Fuimos libres.

Un día, quizás dada la condición de ciudad dormitorio de mi nueva residencia, andaba yo echando una siesta en la plaza de la Iglesia, al Sol, cuando fui sacado de mi duermevela por una suave voz que me susurro:

-¿Es verdad que crees en el amor libre?.

No abrí los ojos, y contesté susurrando también.

-El amor libre no se cree, se practica. Sí, lo practico. Lo practico desde la pasión, desde el deseo. Forma parte de la historia desde que las personas somos personas. Si existe en la Biblia la mujer adultera, es porque ha habido mujeres que se han atrevido a pasar la barrera ideológica y social de su prohibición, y lo han hecho sin planteamientos, lo han hecho desde su deseo, desde su impulso vital. El filósofo griego Diógenes de Sínope, cinco siglos antes de cristo, practicó el amor libre, y teorizó sobre su normalidad.

Guardé silencio durante unos segundos, ella también; la situación comenzó a ser excitante. Yo seguía sin abrir los ojos.

Nuevamente rompió el silencio diciéndome a bocajarro:

-Soy virgen, y quiero dejar de serlo.

Noté como un torrente de hormonas inundaban mi sangre; imagino yo que la ruptura de un pantano tiene que ser un fenómeno similar; todo mi organismo se alteró.

Continuó, un poco nerviosa, contándome sus motivos:

-Deseo hacer el amor, pero el ser virgen, no se porqué me impide ser libre y manifestarlo cuando estoy con los chicos a los que deseo. Es por ello que he pensado en ti. He oído hablar de tus ideas, de tu vida y he pensado que me entenderías.

Un nuevo derrumbe de la presa hormonal y los párpados se me abrieron solos, a pesar de que yo quería alargar un rato más mi oscuridad interior. La vi y sentí como si un capullo me ofreciera sin tapujos, sin cortapisas, todo su néctar. Deseé libarlo, deseé que se abriera en esplendorosa flor, a la vida, a mí.

Intenté calmar sus visibles nervios, manifestándole con mi mirada que entendía y me encantaba su propuesta. Pareció entenderlo pues se calmo. Y no se porque sentí la necesidad de hablar, de explicarle cosas:

-Amor y sexo son dos cosas distintas, a veces pueden ir juntas. Cuando dos personas tienen relaciones, se pueden hacer bien desde el amor, bien desde el sexo, ambas son gratificantes, ambas son posibles. Pululan por ahí castrados de todo tipo, que se empeñan en que el amor y el sexo tienen que ir juntos, y especulan sobre la insatisfacción del sexo separado del amor, a buen seguro que solamente un cerebro castrado puede decir estas sandeces.

La apuesta ya estaba echada, la chica y yo íbamos a tener relaciones, iban a ser desde el sexo, mi excitación y su mirada me hacia suponer que serían satisfactorias.

Nos levantamos, comenzamos a caminar, no sabíamos donde íbamos, no teníamos demasiada prisa, al pasar por delante de la puerta de la iglesia, nos tentó entrar, y entramos. Una única beata rezaba con una rutina ancestral el santo rosario:

-Mater amantisima.

-Ora pro nobis.......

Al vernos cambió totalmente la cadencia, que se hizo mas alegre, mas exteriorizada, quería demostrarnos que estaba rezando, que estaba comunicándose con su Dios. A nosotros la escena nos sosegaba, las velas, las flores, la anciana del rosario, .... todo tenía su encanto. Al fin la anciana terminó su ultima avemaría por aquella tarde, y debía tener prisa, pues se le notaba que se iba sin muchas ganas; le hubiera gustado quedarse más para ver que hacíamos nosotros en una iglesia. Quizás nuestra diferencia de edad la sorprendió. Yo tenía treinta años, y ella, calculé que, unos dieciocho.

Al sentirnos solos, se nos disparó la necesidad de abrazarnos, y lo hicimos apasionadamente; fue un beso largo, prolongado, con los ojos cerrados, sintiendo nuestros cuerpos. Ya no podíamos más, buscamos un rincón, y encontramos un confesionario, nos metimos, cerramos la cortinilla, y estallamos en deseos de sentir nuestros cuerpos. Le toqué sus tersas tatas, acarició mi espalda; saboreé sus pezones, besó mi nuca; subí mi mano por sus piernas, mientras sus manos acariciaban mi pene; me encontré con su sexo húmedo, lo acaricie tiernamente durante un buen rato; le llegó el orgasmo, sellé sus labios con los míos, para emitir el menor ruido posible, y así cuando estaba en su orgasmo, hicimos el amor, y consiguió lo que tanto deseaba. Nos sentamos en una especie de banqueta que había en aquel viejo confesionario, y estábamos relajándonos, cuando fuimos sorprendidos por una voz de beata que venia de una de las celosías, que comenzó a decirnos:

-Ave María Purísima.

Silencio y sorpresa por nuestra parte, finalmente reaccioné y contesté:

-Sin pecado concebida.

La contraseña funcionó a la perfección, yo me convertí en su confesor. Así fue como aquella mujer nos comunicó que su pecado era pensar en otro hombre cuando hacía el amor con su marido. Al parecer estaba avergonzada de sus pensamientos. Intenté explicarla qué el pensamiento ha de ser libre, que hemos de procurar ser dichosos, y que con nuestra dicha no podemos ofender a nadie. Parecía extrañada, debió pensar que se trataba de un nuevo cura, pero acepto mi bendición y se alejo. Nosotros entre risas y abrazos, sentimos la necesidad de confirmar nuestro acto. Debió de ser por paralelismo con el lugar en el que estábamos, habíamos hecho nuestro bautismo así que deseábamos confirmarlo. Y lo confirmamos con un nuevo acto reivindicativo de la consigna jipi que nunca ha perdido su vigor, su valor, su fuerza: "Haz el amor y no la guerra". Hicimos nuevamente el amor, dulce, sosegadamente, fuimos libres.

Teníamos que salir, nos costó pero lo conseguimos, salimos, una nueva beata rezaba el rosario, nos miro escandalizada, sin duda no sabia que hacer, y nada hizo.

Al salir a la calle vimos que ya era de noche, nos miramos largo rato, nos besamos, se fue y dijo:

-Me llamo Judith. ¿Pensaras en mí?.

No contesté, no hacia falta.

Hoy he vuelto a pensar en ti.