| EN
CONTRA DE LA TORTURA

Este chiste lo he sacado de la siguiente dirección:
http://usuaris.tinet.org/cicc/humor/index.html
Tres días, tres noches y tres
fieles cumplidores del deber separan a un ser alegre y sano, del mismo
demacrado, soñoliento y asustado. Sabía que habían transcurrido tres
días, a pesar de que le habían roto el reloj y estaba en un cuartucho
sin ventanas, y lo sabía porque aquellos tres fieles cumplidores del
deber se turnaban cada cuatro horas y todavía no había perdido la
conciencia al extremo de no saber contar; cada seis cambios un día más,
un día más de soportar a aquellos tres fíeles cumplidores del deber, que
le iban torturando metódicamente sin parar, cada uno a su manera, según
una técnica distinta, aprendida, muy bien aprendida, en aquellos
cursillos impartidos por aquel sicólogo imparcial, que repetía delante
de sus amigos: "mi trabajo es un trabajo como otro cualquiera, al fin y
al cabo, enseñando a cantar con profesionalidad al presunto, se le
ahorran sufrimientos innecesarios".
Pero él seguía sin cantar, una y otra vez se negaba a dar los nombres de
sus amigos. El primer día casi no le había costado nada, al segundo tuvo
breves momentos de flaqueza, al tercero se mentalizó que nada arreglaría
con hablar, que aquellos cumplidores del deber pararían momentáneamente,
pero que después todo continuaría igual.
Recordaba que el fiel cumplidor del deber nº 1 le repetía sin parar que
en cuanto hablara todo se terminaría, podría dormir, podría comer,
podría ver a mi familia.
- Al fin y al cabo, ¿por qué tienes que defenderles tanto? ¿Crees que
ellos harían lo mismo por ti? Seguro que ya habrían hablado. No seas
tonto hombre, habla y todos tan contentos, tu a dormir y yo a mi casa
con mi mujer y mis hijos, que también tengo ganas de estar tranquilo
viendo la televisión.
El fiel cumplidor del deber nº 2, entraba chillando y pegando, pegando
sin piedad, y le recordaba que no tenía prisa:
- Cuanto más tardes en cantar mejor para mí, así podré darte más
hostias, que es lo que me gusta, revolucionario de mierda.
El fiel cumplidor del deber nº 3 era el más joven, de la nueva hornada
de la burocracia-post-moderna. Había aprendido muy bien la lección del
sicólogo imparcial y atacaba por los puntos más débiles:
- Si tu no cantas, quizás tenga que hacerlo tu compañera, anoche fui a
verla y realmente está muy buena. No me explico como se ha fijado en ti.
Pero nada de ello había servido, él seguía sin cantar, y además `parecía
ser que el momento más bajo había pasado, tres días sin dormir y mal
comido, le permitían aislarse mentalmente de sus torturadores. Consiguió
no escucharlos, se olvidó del sueño y del tiempo y comenzó a pensar.
Este era su sedante.
Al terminar el último turno del cuarto día irrumpieron en la sala tres
caras nuevas, sin duda se trataba de un nuevo sistema, quien sabe lo que
las enseñanzas de aquel cerdo de sicólogo imparcial le podían deparar.
- Ya lo sabes que de aquí no vamos a salir sin los nombres.
- Vas a cantar o te quedarás sin voz para toda tu puta vida.
- Ayer estuve hablando con tu hermana pequeña a la salida del colegio
¿sabes?, es muy simpática.
Pero habían llegado tarde, él seguía pensando y pensando, cada vez le
costaba más oírlos, soñaba con que llegaba el sexto día, sabía que ese
día, momentáneamente terminaría el infierno. Al séptimo día tenían que
presentarle ante el juez, así que el día de antes tendrían que
adecentarlo, le darían de comer, le dejarían dormir un buen rato, le
afeitarían, aparecería aquel humanitario médico, que después de
atiborrarle a medicamentos, le recompondría la cara y el cuerpo.
Finalmente le vestirían y ,sostenido por dos fieles cumplidores del
deber, le presentarían ante el juez. Podría hablar con sus abogados,
tendría noticias de su gente... Y así ,entre sueños, pudo recuperar
fuerzas para soportar un poco más.....
Elpregonero

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“Tres
cavilaciones distintas y una sola historia verdadera”

PRIMERA CAVILACIÓN: La Manifestante
Bajaba por las Ramblas, hacía un sol espléndido, pero yo no podía
disfrutarlo.
Con mi pancarta y mis compañeros nos dirigíamos al Gobierno Militar,
para manifestar nuestra disconformidad por el encarcelamiento de dos
insumisos. No podía comprender como es que era necesaria nuestra
protesta. Como en tantas otras ocasiones el poder y la razón andaban por
caminos divergentes.
Al final de las Ramblas nos estaba esperando un pequeño contingente de
policías. Ante su presencia, como siempre, sentí esa amarga sensación,
mezcla de miedo e impotencia.
A los cinco minutos de pacífica protesta los policías con el símbolo del
poder en una mano y un ridículo escudo en la otra, se nos acercaron. Uno
de ellos me miraba y no pude evitar una instantánea, casi imperceptible,
sonrisa ante lo infantil de su gesto, de su uniforme, de su escudo.
Parece ser que captó mi ironía, pues me miro en tono provocativo.
No conseguía entender cual era el mecanismo que hace que una persona
pueda transformarse en la fuerza bruta del sistema. ¿Que experiencias le
habían conducido a ser un hombre siempre dispuesto a la ciega
obediencia?
Debió captar una cierta mansedumbre en mi rostro, pues cambió su gesto
agresivo y parecía un poco más relajado.
Y yo seguía pensando, y pensaba que tiene que haber un mecanismo social
que a través de la educación consiga estos magníficos resultados para el
Estado: conseguir que por un miserable sueldo unas personas sean capaces
de agredir a otras, sin la mas mínima reflexión. Presentí lo perfecto
que era el entramado de este asqueroso montaje.
Mi reflexión se acabó, mejor dicho, me la acabaron cuando un mando de la
policía, cargado de insignias y medallas, repugnantes insignias y
medallas pues a buen seguro que cada una de ellas representaba un ataque
a la razón, dio la orden de que nos dispersáramos o sino se verían
"obligados" a emplear la fuerza. ¡Que cinismo!. No pude evitarlo, sentí
asco y rabia contra aquel policía que tenía enfrente, que seguía
mirándome, que a buen seguro me pegaría si pudiera, y, esa rabia que me
salía literalmente por los ojos hizo que él transformara su expresión
con un claro tic de prepotencia, claro tic que me indicaba que
efectivamente tenía ante mi a un fiel defensor de las injusticias del
sistema.
SEGUNDA CAVILACIÓN: Un fotógrafo
Bajaba por las Ramblas, hacía un sol espléndido, pero tenía que hacer un
buen reportaje y no podía disfrutarlo. Estaba harto de ser un segundón,
de hacer fotos bajo encargo para secciones de segunda fila, nunca había
salido en primera página y buscaba desesperadamente mi oportunidad,
quería demostrar a todos que era un buen fotógrafo.
En la redacción me dijeron que en las Ramblas había una manifestación,
así que cogí mis máquinas, mis reflexiones y me encaminé hacia el
Gobierno Militar.
Estaba haciendo unos planos generales cuando vi que una manifestante y
un policía se observaban. Me acerqué con el presentimiento de que podría
hacer unas buenas tomas. Disparé varias veces, vi como el rostro de
ambos se iba transformando lentamente, sonrisa-recelo, calma
reflexiva-distensión, todo iba perfecto.
Un capitán dio la orden de dispersión, la nueva foto expresaría odio y
rabia.
Tenía que acercarme un poco más para conseguir una buena toma del
momento en que la policía los dispersara, daba la impresión de que
estaba a punto de ocurrir. Me acerqué prudentemente para no provocar al
policía. El ángulo es el adecuado, ya solo falta esperar el momento ..si
consigo una buena foto del policía atacando a la mujer que se le
enfrenta con la mirada habré conseguido un buen reportaje, solo falta
esperar......
TERCERA CAVILACIÓN: Un crítico de fotografía
Bajaba por las Ramblas, hacía un sol espléndido, mi resaca física y
espiritual no me dejaban disfrutarlo.
Salí de la Sala de Exposiciones harto de mi mismo, como en otras
ocasiones me dije: -Esta es la última vez que lo haces. Pero sabía que
era mentira, estaba demasiado apegado a mis lujos, a mis coches, a mi
ritmo de vida, y ello me obligaba a prostituirme cada vez que a un niño
de papa se le ocurría hacerse fotógrafo. Mediocridad y mas mediocridad,
la mediocridad nos envolvía tenuemente.
Me encontré con una gente que bajaba con unas pancartas, leí una de
ellas: "Libertad insumisos". La llevaba una mujer muy expresiva. Sentí
la necesidad de seguirla.
Al final de las Ramblas, un aficionado pretendía hacer el reportaje de
su vida, ¿pero que hace ese muchacho? Con ese objetivo no conseguirá
nada bueno. ¿Porque no se adelanta más? Que se cree que la foto le va a
venir a sus morros. Vamos muchacho, adelántate un poco más o no
conseguirás nada.
Mediocridad y mas mediocridad.Elpregonero
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CHOQUE
DE CULTURAS
En contra del
relativismo cultural
“¿Por qué tuve que huir?
Cuando
tenía tres años mi padre nos trajo a Barcelona.
De aquellos primeros años, de mi país solo tengo recuerdos aislados de
colores, de olores y de sabores que, a veces, al pasear por Barcelona,
creo vagamente recordar.
Aquí, de niña, todo iba bien, el colegio me gustaba, tenía muchas amigas
y con ellas jugaba por las calles de mi barrio.
Según me iba haciendo mayor las cosas fueron cambiando, al principio muy
lentamente y al final de una manera brusca. Intentaré explicarme mejor.
Cuando cumplí 13 años ya no me dejaban salir a la calle más que para ir
al colegio y a comprar. Al principio lo pude soportar pero, poco a poco,
los muros de casa se me caían encima. Tuve que aprender a mentir y
comencé a inventar actividades extra escolares que no existían para
poder estar fuera de casa y hablar con mis amigas. Recuerdo que los
exámenes los hacía mal para ir a clase durante los veranos, única manera
de poder salir.
Un verano, cuando cumplí los 17 años, mi padre dijo que iríamos a
Marruecos a ver a la familia. Me puse contenta, pues al menos supondría
un cambio en mi rutina. Unos parientes nos dejaron una vieja furgoneta,
que llenamos hasta los topes, y comenzamos el viaje hasta Chechauen,
nuestra ciudad. Sentada, desde la furgoneta, mi país me gustó, fue como
un masaje para mis recuerdos, esos si que eran los colores que yo
recordaba, los olores que yo había sentido de pequeña.
Al llegar visitamos a todos nuestros parientes y enseguida comencé a ver
los cambios. Mi madre se puso un pañuelo que le tapaba toda la cara,
solamente los ojos se le podían ver, todas mis tías también vestían de
la misma manera; los chicos iban por las calles, las chicas no. Ya había
visto algunas fotos y los comentarios de mi padre en casa algo me hacían
prever, pero verlo, sentirlo, me provocó una sensación de rechazo, todo
aquello no me gustaba.
Un buen día hubo preparativos en mi casa, me dijeron que vendrían
visitas y que yo tenía que ponerme guapa. Me vistieron con un traje de
bonitos colores, me pusieron un pañuelo transparente y me sentaron con
las mujeres en un rincón de la sala.
Esa novedad, que me permitía salir de la rutina diaria, al principio me
ilusionó, pero un presentimiento me hizo ponerme en guardia.
Por fin llegaron los visitantes, unos padres con su hijo. La madre se
vino a nuestro rincón y los hombres comenzaron a hablar. Yo intentaba
seguir su conversación, pero las risitas de las mujeres mirándome me lo
impidieron. En un momento en que el chico volvió su rostro y me miró,
las histéricas risitas de las mujeres me hicieron sospechar lo peor.
A los pocos días volvimos a Barcelona, yo pensando que nunca más
volvería a mi país. Por fin, un día mi madre me explicó lo que habían
hablado los hombres en aquella visita que yo no lograba quitarme de la
cabeza. Mi padre había decidido que tenía que casarme con Mohameh, el
chico aquel de mirada gris. Yo estaba asustada, mi madre seguía hablando
y me decía que era un buen chico, que tenia un trabajo fijo de policía y
que la boda estaba hablada para cuando yo cumpliera los 18 años. Comencé
a llorar, me sentí terriblemente sola y le dije a mi madre, entre
lágrimas, que no me quería casar. Mi madre me explicó que las decisiones
de los hombres no se podían discutir, simplemente había que cumplirlas.
Durante los días siguientes anduve como sonámbula por casa, todos mis
pensamientos estaban puestos en que tenía que huir. Mi madre algo debió
de sospechar, pues me dijo que si me iba de casa y no cumplía los
mandatos de mi padre, nunca más podría volver. Durante horas y horas
lloré, no quería casarme, pero tampoco quería dejar de ver a Fátima, mi
hermana pequeña, que con sus 8 años no podría entender mi huida.
El tiempo pasaba, mi cumpleaños se acercaba y con él lo que ello
implicaba. Un día en que no podía soportarlo más, fuí a mi habitación,
di un beso a Fátima con lágrimas en los ojos y le dije adiós. No sé si
ella lo entendió, pero también lloró. Cogí la bolsa de la compra y le
dije a mi madre: -Además del aceite ¿quieres algo?
Nunca más he vuelto, hoy vivo con mis amigos, con mi gente. De vez en
cuando me acuerdo de Fátima, de mi madre, y el corazón se me agrieta,
pero tuve que escoger. Cuando dos culturas se enfrentan siempre hay que
escoger, irse por un camino y dejar otro, a veces ambos se pueden
cruzar, a veces nunca más lo hacen.
¿Por qué vine a este país?
Cuando Hanna tenia 3 años, tuvimos que irnos a Barcelona a ganarnos la
vida. Unos parientes nos habían escrito que allí era fácil encontrar
trabajo y que los primeros meses podríamos vivir con ellos.
Al llegar tuve que soportar que mi mujer se quitara el pañuelo, pues no
era conveniente, pero a mi todas esas libertades de las mujeres de este
país no me gustaban.
Hanna comenzó a ir al colegio y yo estaba preocupado, pues iba viendo
como cada vez más se alejaba de nuestra cultura. Aquí las niñas
correteaban todos los días por la calle como si fueran niños, y eso no
podía conducir a nada bueno.
Un día ordené a mi mujer que no dejara salir tanto a Hanna, que teníamos
que educarla tal como a nosotros nos habían educado, que si queríamos
casarla con alguien de nuestra tierra teníamos que hacerla seguir
nuestras tradiciones.
Mi mujer cumplía las órdenes a rajatabla, como tenía que ser. Vi como
Hanna comenzaba a hablarme menos, lo cual me alegraba pues significaba
que las cosas iban por el buen camino.
Un día, en la mezquita, unos parientes me comentaron que el padre de
Ibrahim buscaba novia para su hijo, el que era policía.
Le dije a mi mujer que me diera una foto de Hanna, en la que estuviera
guapa, y se la envié por correo a Ibrahim.
A las semanas recibí la contestación afirmativa, pues había hablado con
el Imán de aquí y le había dicho que Hanna había sido educada según los
preceptos de la tradición, y que nadie la había visto con ningún chico
desde que tuvo la primera manifestación de mujer.
Así fue como preparé un viaje para Chechauen, nuestro pueblo, con la
ilusión de que Hanna se casara con un hombre de nuestra religión.
Para mi todo iba bien, había preparado lo mejor para nuestra hija, le
había buscado un buen marido, ¿qué más podía darle? Así que no logré
entender que pasaba cuando mi mujer, al volver a casa me dijo que Hanna
se había escapado, que no quería casarse a la fuerza ...
Ya sabía yo que tanto corretear por las calles de pequeña no podía
conducir a nada bueno. Pegué a mi mujer con rabia, ¿cómo la había dejado
escapar? Ahora, mis amigos se ríen de mi, el Imán me considera un
fracasado por no haber sabido mantener la autoridad.
Nunca podré volver a Chechauen, no podría soportar la mirada de Ibrahim.
Nunca debí haber venido a este país.
El Pregonero
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